Miedo a volar
7¿Adónde me iré de tu espíritu? ¿y adónde huiré de tu presencia? 8Si subiere á los cielos, allí estás tú: y si en abismo hiciere mi estrado, he aquí allí tú estás. 9Si tomare las alas del alba, y habitare en el extremo de la mar, 10Aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra.
El salmista imagina el viaje más extremo posible — tomar «las alas del alba» hasta el extremo del mar — y descubre que no existe lugar adonde el vuelo pueda llevarle donde Dios no haya llegado ya. El miedo a volar rara vez trata de aerodinámica; trata de entregar el control, encerrado en una cabina, sin nada que sostener. Este salmo responde exactamente a eso: a altitud de crucero, sobre el agua abierta, en la zona de turbulencias que el comandante no anunció — «aun allí me guiará tu mano». No pueden llevarte a ningún sitio que quede fuera de su alcance. El avión tiene un destino; su atención también.
¿Es volar lo que temes, o entregar el control — y qué cambiaría entregárselo a alguien más estable que el clima?
Dios, estoy abrochado y mi corazón suena más fuerte que los motores. Sabes que he leído las estadísticas y no ayudan, porque este miedo no escucha números. Así que le digo otra cosa: aun aquí, sujeto sobre las nubes, tu mano me guía; tu diestra me sostiene. Calma mi respiración cuando el avión tiemble. Silencia la parte de mí que aprieta el reposabrazos como si fuera yo quien nos mantiene en el aire. Y al aterrizar, recuérdame darte gracias — por la llegada, y por esta pequeña prueba de que el miedo y yo podemos volar juntos y aun así llegar. Amén.