Ansiedad y preocupación
25Por tanto os digo: No os congojéis por vuestra vida, qué habéis de comer, ó qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir: ¿no es la vida más que el alimento, y el cuerpo que el vestido? 26Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni allegan en alfolíes; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros mucho mejores que ellas? 27Mas ¿quién de vosotros podrá, congojándose, añadir á su estatura un codo? 28Y por el vestido ¿por qué os congojáis? Reparad los lirios del campo, cómo crecen; no trabajan ni hilan; 29Mas os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria fué vestido así como uno de ellos. 30Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana es echada en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más á vosotros, hombres de poca fe? 31No os congojéis pues, diciendo: ¿Qué comeremos, ó qué beberemos, ó con qué nos cubriremos? 32Porque los Gentiles buscan todas estas cosas: que vuestro Padre celestial sabe que de todas estas cosas habéis menester. 33Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. 34Así que, no os congojéis por el día de mañana; que el día de mañana traerá su fatiga: basta al día su afán.
Jesús dice esto a personas que tienen razones reales para preocuparse: jornaleros, viudas, familias a una mala cosecha del hambre. No les dice que sus miedos sean tonterías. Señala a los pájaros y a las flores del campo y les pide que noten algo: el mundo ya está siendo sostenido. La preocupación, dice, no añade nada a tu vida; solo gasta el hoy en un mañana que aún no ha llegado. No es una orden de sentirte tranquilo. Es una invitación a poner tu atención, por un momento, en lo que es firme — y a dejar que mañana cargue su propio peso mientras tú vives esta hora.
¿Cuál es la preocupación que cargas ahora mismo y que pertenece a mañana, no a hoy?
Dios, mi mente vuelve a correr por delante de mí. Ensayo conversaciones que no han ocurrido y cuento pérdidas que no he sufrido. Estoy cansado de vivir en mañana. Ayúdame a volver a esta hora — este aliento, esta habitación, este día que de verdad me has dado. Tú cuidas de las cosas pequeñas y olvidables: los pájaros, las flores del campo, yo. Enséñame a confiar en que ser cuidado basta por esta noche. Te entrego lo que no puedo controlar, y te pido descanso — no porque mis problemas estén resueltos, sino porque tú velas, y yo no tengo que hacerlo. Amén.